Aurora y Felicidad - Los Jueves de Doña Felicidad
Al escuchar la interminable charla de las
dos cotorras en el capítulo anterior, habrán
conocido nuestras lecloras á los principales
personajes que van á figurar en este libro, no
queremos decir novela, áun cuando así se estampa en la portada, porque mas bien que
episodios novelescos, s::m cuadros y tipos tomados del natural y en é;Joca no lejana, pues
casi todas las personas viven todavía disfrutando unos su feli0idad y otros su desdicha,
segun lo gue con su conducta se han propor- ,
cionado á sí mismos.
La dicha es relativa en este mundo, y muchas veces es obra nuestra el conseguirla y
disfrutar indefinidamente sus fávores.
Vamos á trasladarnos á un jueves, dia en
que recibe la señora de don Roman. Habitan
el cuarto principal de una antigua, pero espaciosa y cómoda casa de la plazuela de Santa: Ana en Madrid.
Desde muy temprano, la doncella y el
criado se ocupan en el arreglo del salan; en '
tanto la co~inera prepara el almuerzo esme-
, '¡, rándose todo lo posible, porque los señores
tienen convidados y es preciso hacer honor á
la casa.
. . Son las diez de la mañana, la señora llega
de la calle, la sigue un mozo cargado con
ramilletes de flores y plan tas de gran mérito '
que pone en 1a antesala Eübre una mesa, donr de están los jarrones de china dispuestos Fara
¡ recibirlas.
[ Don Roman sale de su despacho; es un se-
ñor pequeño, grueso, con abultado abd6men,
de rostro redondo y nariz chata, frente de_
primida y gruesos lábios sombreados por un
espeso bigote, castaño canoso, pero cuidadosamente ocultas las canas por el cosmético.
Lleva, una bata de cachemir entretelada, y
unas zapatillas de terciopelo encarnado bordadas de oro, igual bordado y clase que el
gorro griego que cubre su pequeña y redon-
. da cabeza, bien provista todavía de' cabello
castaño.
-~Ya están aquí, mujer? ¿d6nde has ido'
. tan temprano? dice el buen señor con, ágrio
: ' tono.
-¿Tienes una peseta para el mozo? dámela, haz el favor, que no me queda ni uncuarto suelto, repus') doña Felicidad, desentendiéndose de las preguntas intempestivas de
su marido.
-Que he de tener, ni un céntimo! repuso
éste de mal humor; esto de llenar de flores la
casa todos los jueves, es un capricho Lien '.
costoso; refuofuñ6 don Roman, volviendo á
entrar en su despacho y cerrando la puerta.
El criado, á una indicacion de su señora,
pagó al mozo y le despidió. ,
Felicidad entr6 triunfalmente en el salan, i
haciendo que colocasen las flores en los jarro-
nes, y las plantas de América en vasOtl, de
porcelana. ya dispuestos al efecto en los veladores que habia en el centro del salan y de-
1allte de los balcones. "
Era esta señora de una figura simp~tica á
primera vista, si bien al tratarla un poco, se
encontraba en ella mucha afecti\cion, y unas
maneras estudiadas, como si se hubiera pro-
puesto imitar algun modelo, sin poderlo con-
seguir. ,
Era delgada y alta" morena y de cabello
oscuro; pero parecia blanca y rubia, porque
pareciéndole de mal tono y propio solo de
gente ordinluia, su color natural, .se pintaba ~ '. '
y se. teñía de rubio el cabello, con la venta}a
. ..
de que así podia tambien ocultar las canas ",
: que indicaban sus cuarenta y ocho años,
cuando ella no queria pasar de los treinta.
. - ¿Han concluido ustedes la ' limpieza'?
dijo á los criados.
-Sí, señora, contestó la doncella; faltan
solamente algunos detalles, retoques de plumero.
-Que no se olvide quemar en los pebeteros las pastillas aromáticas; es necesario que .
el salon y los gabinetes estén bien perfuma-
. ,dos,y no abrir las puertas del despacho del
señor, porque se impregna en seguida el sa- .
I Ion cpn ese insoportable olor á tabaco.
l ·-No se abren nunca, señora; todo el munw
do entra en el deBpacho por la puerta del recio
bimiento.
-Perfectamente; y las cortinas dispuestas
· de manera que haya una luz suave y dulce;
corra V. los transparentes, que no penetre ni
· un rayo de ese indiscreto sol que todo lo
. deslustra. Cuidado con que los gatos penetren
.. aquí, y limpie usted la jaula del canario co-
· locándole cerca del balcon, á la sombra de
las flores.
-Esta bien, señora; todo se hará como desea, pues ya conocemos su gusto.
-y usted Anton, á las doce en PlInto se
pone el frac y la corbata blanca. ¿No ha venido Antonio para que le ayude á V. á servir
á la mesa? Hoy tenemos un diputado y un
• •
consejero y es preCISO esmerarse.
-Sí, señora, no falta ningun jueves, contestó el criado; pero está en la cocina; porque
la Sinforosa le necesita allí toda la ma-
ñana. .
-Muy bien; es preciso que no falte nada,
que se observe el mayor 6rden y exactitud en
el servicio. Y á todo esto, ¿qué hora es? ¡Dios
mio, las diez y media! IY la peinadora sin venir! ¡Y tengo aún que vestirmel-Andrea, en
cuanto esté arreglado el . salon, venga V. á
mi tocador.
Iba á entrar en el gabinete y se volvió.
-Anton; se me olvidaba lo mas importante,,¿Ha ido V. á que me reserven mi abono
del año pasado para las corridas de toros?
-Sí, señora; hace ya muchos años que la
señora tiene el mismo palco, y no disponen
de él hasta su aviso.
-Bien; mañana vá V. á pagarle; es mi di-
version favorita; las andaluzas no podemos
'. vivir sin flores y sin toros.
Felicidad pas6 desde el salan al gabinete
de la derecha, levantando la hermosa cortina
de raso azul, que formab;l. juego con la sillería y las colgaduras de los balcones, y el
portier de la entrada y del gabinete de la izquierda donde tenia don Roman su despacho;
pero que al buen señor no le era permitido
penetrar en aquel santuario de la elegancia,
por no impregnar la perfumada atm6sfera con
el olor del tabaco, sirviéndose de la puerta de
comunicacion, que estaba inmediata á la de la
escalera.
Don Roman tenia el dormitorio en su mismo despacho. Felicidad dormia en la alcoba
de su gabinete. Nada mas elegante que estas
piezas, alfombradas con rica moqueta, y en
las cuales estaba siempre encendida la chimenea de mármol blanco; pues aún cuando en
Abril los dias ya no son tan frescos, Felicidad,
que acostumbraba á llevar siempre lige-
,ros trages de seda, no podia soportar una
temperatura demasiado baja.
El mobiliario era costosísimo, y el tapizado
color botan de oro, reproduciéndose las colgaduras de raso en los balcones; puertas, y
en la cama, formando pabellon sobre otras
cortinas de blanco encage, que ocultaban el
dorado lecho.
En el gabinete á la izquierda, junto al balcon, estaba el tocador, ~xpléndido mueble de
palisandro, que se abria dejando al descubierto entre el mármol y el espejo el servicio de
porcelana de Sevres con sus ribetes de oro, y
esas mil costosas futilidades que usa para su
adorno toda mujer á la moda.
Felicidad 'no se· lavaba famás con agua
clara, hubiera sido una falta imperdonable de
lesa elegancia; el agua echa á perder el cutis, tan fino y tras paren te como el terciopelo,
merced á las cremas maravillosas que allende
el Pirineo confecciona el perfumista Legrano,
y que usaba diariamente Felicidad.
Su cabello negro tuvo un dia la osadía de
blanquear, denunciando indiscretamente la
edad de su dueña, por lo que fué condenado á
ser rubio, sentencia inapelable, á que apelan.
como el mejor recurso las señoras de' cierta
edad.
Felicidad solia decir para disculpar su ,
transformacion:
-No me gustan ni los cabellos de azabache ni los de plata, como dice la señora del
ministro de Estado, los prefiero de 'oro.
Como se vé, por esta esclamacion' que se le
escap6 á Felicidad, se habia propuesto por .
modelo á la mujer de un ministro, y ella, la
humilde esposa de un empleado de cuarenta mil reales, queria rivalizar con sus jefes.
Así, todo está fuera del 6rden natural, no
. puede haber categorías, donde todos quieren
ser iguales, gastando igual lujo la que tiene
dos mil duros, que la que tiene seis mil.
-Señora, aquí está Jesusa, dijo Andrea;.
entrando con la peinadora.
-¡Válgame Dios! ¡cuánto ha tardado V.!. .•
yeso que ya sabe que los jueves quiero pei-
. . narme á las diez en punto. ,
-Me entretuve en rizar los tirabuzones
que le hacen á V. falta .
-¡Ah; es verdadl P6ngalos V. en su caja,
y dígale á Andrea como me los ha de colocar
despues, porque para el almuerzo no los llevo;
me pondré una bata de raso azul y el peinado
liso, porque los amigos que tenemos hoy á la
mesa son de confianza; á las dos, cuandoem""
piezo á recibir, cambiaré de traje, y naturalmer.te hay que adornar el peinado con los
tirabuzones y algun lazo con encajes iguales
á los del vestido color de cereza que ayer me
traj o la modista.
-y por cierto que ha dejado la cuenta;
aquí la puse en la canastilla de las tarjetas;
dijo Andrea tomándola y presentándosela á
su señora, que ya estaba peinándose sentada
delante del tocador.
-¡Jesús, que barbaridad!... ¡tres mil reales por un vestido!... esto es un escándalo,
cada dia aumenta mas las cuentas esta mujer;
y todo es porque la dije que lo queria exactamente igual al que ha hecho para la señora
del ministro de Estado.
-¡Pero es magnífico, señora! dijeron las
dos mujeres, mirándole, pues Andrea le habia
extendido sobre el sofá.
~¡Ahl ya puede serlo; ¡tres mil reales solo
de hechura y adornos, des pues de haberla
dado treinta varas de raso y veinte de faille! ... Vamos, este gasto no se puede tolerar;
y no h~y mas remedio, si hemos de alternar
con las personas decentes, hay que plegarse
á las exigencia.] de la sociedad que solo juzga
por las apariencias.