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El Único Remedio - Cuarta Parte


Ignoro que registre la Historia país alguno, al cual la fuerza
bruta haya podido hacerlo culto y floreciente.
La verdadera Libertad, en cambio, ha podido alcanzarlo. Pero,
entiéndase bien: la. verdadera, la justa. No me cansaré de repetirlo. Esa verdadera Libertad, es la que ha de restablecer el equilibrio entre los deberes y los
derechos; entre el capitail y el trabajo. Entonces, y en todos
los países, no habrá despóticas Asociaciones, sino hombres libres. Sucumbirán los viciosos; los vagos;
los inútiles; los que lilamándose trabajadores se agrupan con el
solo objeto de no trabajar, y los que atraídos por el canto de mas-

culinas sirenas, aspiran a vivir en una Jauja no igual a la del

Perú, sino a la soñada por los visionarios.
Cada contrato entre patrono y obrero se efectuará libremente
como esos otros entre particulares. Como los de compra y venta.

Libre eil patrono de imponer sus condiciones. Libre el dependiente o el obrero de aceptarlas o no, según le convenga. Y ya
no habrá ni asociados m esquiroles.
Así, únicamente, reinará la tranquilidad entre los unos y loe.
otros; prosperará el trabajo, y con él irá en aumento el cultivo
de los campos y el producto de las industrias; lo que dará por
resultado, el abaratamiento en razón a la incontrovertible ley
económica de que "a aumento de producción, disminución de
precios".

Disueltas las asociaciones, ¿habrá que temer el despotismo de
esas acaudaladas Compañías!, especie de pólipos, entre cuyos tentáculos, infinidad de seres humanos han debilitado sus fuerzas y
han perdido su salud, don el ansia de sostener, en lo posible, la
alimentación individual y de la propia familia?

No, por cierto.
En primer término, muchas de las grandes1 fábricas y poderosas Compañías, con especialidad en los Estados Unidos de Amé-
• rica, Francia, Italia, Bélgica y España., lejos de ser tiranas con
sus dependencias y obreros, se han mostrado dadivosas; y si en
algunas de ellas ha surgidoi la huelga, ha sido por coacciones, influencias desorganizador asi o espíritu de soUdarismo, que arrojaron la cizaña donde reinaba la. paz.

En segundo, un pueblo conocedor de sus derechos y de sus deberes (que es lo primero que debe pedírsele si verdaderamente
aspira a ser libre); un pueblo así educado y así consciente, no
necesita de utópicois conductores. Por impulso de su propio criterio, de su propia oonciencia, sabe abandonar el trabajo que lo
denigra o destrozar la máquina que lo tritura.

Y como lo ejecuta en justicia, ya no cuenta con la caillada oposición o la marcada indliferenicia de la opinión pública, sino con
su aprobación y con su apoyo.

Todavía hay más: la unión para trabaj os campestres o industriales, también debe ser libre. Constitúyanse, pues, los obreros

en agrupaciones particulares, sea para operaciones agrícolas, sea
para abrir fábricas por cuenta de ellos mismos, resultando a la
vez, productores y accionistas. Pero sin erigirse en autoridad
fuera de los límites de su cometido.

Esa verdadera Libertad, ajena a toda tendencia política, es la
que puede reorganizar lo desorganizado; restituir la tranquilidad
a las familias; alentar el amor al trabajoi; devolver hasta a las
aldeas, la paz de que antes disfrutaban, y disolver esos ntegros
nubarrones de antagonismos y hasta de odios, nuncios de miseria y desolación, tanto en el Viejo' como en el

Nuevo Mundo;.
En cuanto a conferencias, laudos, arreglos, convenciones, etcétera, etc., esos no son más que paliativos o^ ungüento sánalo
todo". Quitam el dolor momentáneamente O' cierran la Haga en
falso.

Paliativo también es la intervención de las autoridades. Estas,
al intervenir en particulares litigios, pierden un tiempo que para
gobernar bien y administrar mejor necesitan; vénse, unas veces,
desprestigi adas, y otras se j actan de haber obtenido una solución
no alcanzada en realidad.

Sólo hay un remedio, y la verdadera Libertad lo posee.
Adoptada esa panacea, toca a los Cuerpos Oolegisladores fij ar
la dosis. Esto es: marcar las leyes para que esa Libertad no se
cambie en licencia. Y Gobiernos bien constituidos son los llamados a hacerlas cumplir, no inclinándose jamás, a ser fuertes con
los débiles, ni débiles con los fuertes.